Primero fueron las tinieblas eternas, el mágico vacío sin tiempo donde anidaba el fuego voraz del tiempo,
El incandescente palpitar en su núcleo,
El estallido, los sonidos amortiguados por el silencio, los rastros del cataclismo, las huellas de oro sobre la majestuosa sombra de la infinitud,
Los racimos de luces, la eclosión de plata y las fuentes de donde emanan las cosas, los bólidos de polvo, hielo o candela,
Las ráfagas de azufre e hidrógeno que barrían el vacío.
Primero fue el Paraíso con sus esplendores y sus arcángeles, el árbol en la colina, el fruto colgado maduro y rubio como las burbujas del riachuelo,
El rocío de la primera mañana, el primer crepúsculo, la primera sombra sobre la tierra, el primer rastro en la hierba,
El primer hombre, la primera mujer, el primer nombre, la primera mirada, la primera caricia y el primer encuentro de dos cuerpos,
La carne fresca y vibrante, deseosa y fértil, el frenesí de la piel perlada por el sudor,
La serpiente con su gesto de vándalo y su voz susurrante,
la soberbia, las nubes amontonadas sobre las cimas de los montes, los relámpagos, el vendaval, la espiga seca, la tierra surcada por las grietas, el escándalo de la tempestad, los dolores, la angustia y la soledad,
Después, la brisa que rozaba la flor y alborotaba el cabello suelto de la hembra vestida con harapos, con la mirada perdida de cristal, vencida por la pasión y el embeleso, derrumbada sobre el pasto, mientras el macho mira las estrellas y se busca a si mismo en las espirales que a manera de palacios pueblan el éter,
A lo lejos, el portón cerrado, la espada en la mano del arcángel, la cueva donde retozan los críos, la carne que humea en las varas sobre las candelas y las ascuas, el humo que se enrosca entre las columnas de la oscuridad,
El primer hombre muerto por la mano del hombre,
La sangre sobre la tierra caliente, coagulada sobre la roca homicida
Y la voz que clama desde un anfiteatro de nubes.
Después, el exilio, el interminable periplo, el peregrino extranjero, la amenaza y la marca sobre la frente,
Después las migraciones y los éxodos, las batallas, las victorias y las derrotas,
Los ejércitos en las llanuras ávidos de sangre y los cuervos que desde las ramas acechan con sus duros ojos inyectados de sangre,
Los profetas, las deportaciones y la esclavitud,
La luna llena sobre el Éufrates y las noches interminables de Bagdad
Las barcas mecidas por las olas, el crisantemo y el alfanje con una gota de sangre congelada en el filo;
Los tórridos parajes despoblados, la nieve y los caminos estrechos y los acantilados,
La voz del cartaginés en su tienda y el beso de la odalisca al etrusco que todavía no es romano,
El olor a albaricoque en los senos desnudos de las meretrices
la rosa desnuda sobre el altar, el sacerdote y el cáliz.
Fue después la Cruz en lo alto de un monte pelado y horrible, acechado por nubarrones y relámpago,
el hombre martirizado, muerto y resucitado entre dudas y rechazos, la fe y las persecuciones, los Evangelios y las sectas, las catacumbas y los misterios, los clavos y el manto,
la voz en el camino de Damasco y el resplandor que cegó a Saulo, el que creó el dogma;
la caída del Imperio y la muerte de Zeus y Apolo,
la magia de la fe, las cruzadas, la Tierra Santa manchada por la ira y las demenciales guerras por un hueco enclavado en una roca y un pedazo de madera carbonizada, la leyenda de Ricardo Corazón de León y Saladino, héroes de dos mundos diferentes pero emparentados.
los grandes viajes, el mar y los abismos, los monstruos y los temores, las calaveras en la distancia, el rumor de las olas, las aletas de los grandes peces, el horizonte de sangre, la silueta de las palmeras, el domo de las islas, los penachos con plumas de colores escondidos tras los matorrales en la playa, los arcos y las flechas, la cerbatana y el mazo,
la espada, el estandarte y la oración cristiana,
la demolición de Abya Yala, la partida de Quetzalcoatl y su imposible retorno, las inmensas bóvedas repletas de oro, los altares ensangrentados, el corazón arrancado lanzado sobre las llamas,
el brillo del maíz en la planicie, el chamán abducido por los dioses en su viaje psicodélico,
el bramido del búfalo,
el rastro de la serpiente, el alarido del mono, el vuelo de los tucanes y los loros, las gotas de lluvias deslizándose sobre las anchas hojas de los plataneros, el acecho del yacaré,
el sacrifico de la virgen sobre el pedernal, el oficiante con las manos en alto y con el pecho cubierto de oro,
el color de la selva y el grito de la bruja,
las catedrales y los fuertes, la Biblia y el pecado,
las hogueras y los hechiceros, el Santo Oficio y Torquemada,
los piratas, los corsarios y los bucaneros, las batallas en alta mar,
las conquistas de territorios tan vastos como un planeta,
la caída de las civilizaciones de Abya Yala, convertida en polvo se transforma en América, aunque todavía no lo intuye siquiera,
los intercambios comerciales, los asaltos, la destrucción de ciudades,
los negros encadenados y sometidos a la esclavitud, sus lamentos convertidos en canciones, la invocación del descenso de los espíritus, los campos de algodón, el mestizaje y el oro,
el tamaño portentoso de los clérigos que abonaban por la libertad de los pobres indios para encadenar a los negros en los suburbios del infierno, como un acto de magnífica piedad,
el español y el portugués, arrastrados después por el francés y el inglés, que crearon al yankee,
el lupanar y el ron, el salvaje oeste, los bandidos y los duelos, los buscadores de oro, saludados por el diablo en las minas oscuras y barnizadas con carbón, los cazadores de recompensas, los comisarios, la dimensión mitológica de los pistoleros, el ferrocarril y el vapor sobre el torrente del majestuoso Mississippi.
La luna de noviembre sobre los campanarios de White Chapel, el rastro de sangre, la mujer destripada en un húmedo callejón, otras damas masacradas y su cuerpo con la firma de Jack el Destripador, su misteriosa desaparición, los atroces filmes que lo retratan y se equivocan, las especulaciones, los libros y la fama de Scotland Yard,
el vuelo de los ingenios mecánicos, la sombra de los aeroplanos sobre las catedrales, el ruido de los motores de los automóviles,
India sometida por los ingleses, la rebelión de los cipayos, Gandhi, la caída del último vestigio del imperio anglosajón,
la oprobiosa división de un pueblo por los dioses y las castas,
la Primera Gran Guerra Europea, la nieve sobre las calles de Praga, el gueto, el resurgimiento del Gólem, el hombre que no quiso ser Kafka,
los cañones y los fusiles, los muertos y los heridos,
la catástrofe y el dolor;
el fin de la diáspora de Judá, las sinagogas, las iglesias y las mezquitas en el mismo cuadrante geográfico,
la Segunda Guerra,
la bomba sobre Hiroshima y Nagasaki,
los evaporados cuerpos recortados contra las murallas,
los sepukus y la caída del trono del crisantemo,
el surgimiento de otro imperio, la expansión y la guerra fría,
los bolcheviques y el zar fusilado, Rasputín y Anastasia,
la llegada a la luna que todavía se duda, la discusión sobre la existencia del tiempo, la inutilidad de la vida humana, la negación del verbo y su sustancia,
todo esto debió ocurrir, todo debió quedar registrado en las crónicas del dolor humano, antes de que tú y yo, Rosalina, nos conociéramos, antes de que miráramos nuestras pupilas encendidas y nos tomáramos de la mano.



