ANTES DE ENCONTRARNOS

Primero fueron las tinieblas eternas, el mágico vacío sin tiempo donde anidaba el fuego voraz del tiempo,
El incandescente palpitar en su núcleo,
El estallido, los sonidos amortiguados por el silencio, los rastros del cataclismo, las huellas de oro sobre la majestuosa sombra de la infinitud,
Los racimos de luces, la eclosión de plata y las fuentes de donde emanan las cosas, los bólidos de polvo, hielo o candela,
Las ráfagas de azufre e hidrógeno que barrían el vacío.

Primero fue el Paraíso con sus esplendores y sus arcángeles, el árbol en la colina, el fruto colgado maduro y rubio como las burbujas del riachuelo,

El rocío de la primera mañana, el primer crepúsculo, la primera sombra sobre la tierra, el primer rastro en la hierba,

El primer hombre, la primera mujer, el primer nombre, la primera mirada, la primera caricia y el primer encuentro de dos cuerpos,

La carne fresca y vibrante, deseosa y fértil, el frenesí de la piel perlada por el sudor,

La serpiente con su gesto de vándalo y su voz susurrante,
la soberbia, las nubes amontonadas sobre las cimas de los montes, los relámpagos, el vendaval, la espiga seca, la tierra surcada por las grietas, el escándalo de la tempestad, los dolores, la angustia y la soledad,

Después, la brisa que rozaba la flor y alborotaba el cabello suelto de la hembra vestida con harapos, con la mirada perdida de cristal, vencida por la pasión y el embeleso, derrumbada sobre el pasto, mientras el macho mira las estrellas y se busca a si mismo en las espirales que a manera de palacios pueblan el éter,

A lo lejos, el portón cerrado, la espada en la mano del arcángel, la cueva donde retozan los críos, la carne que humea en las varas sobre las candelas y las ascuas, el humo que se enrosca entre las columnas de la oscuridad,

El primer hombre muerto por la mano del hombre,
La sangre sobre la tierra caliente, coagulada sobre la roca homicida
Y la voz que clama desde un anfiteatro de nubes.
Después, el exilio, el interminable periplo, el peregrino extranjero, la amenaza y la marca sobre la frente,

Después las migraciones y los éxodos, las batallas, las victorias y las derrotas,
Los ejércitos en las llanuras ávidos de sangre y los cuervos que desde las ramas acechan con sus duros ojos inyectados de sangre,

Los profetas, las deportaciones y la esclavitud,
La luna llena sobre el Éufrates y las noches interminables de Bagdad
Las barcas mecidas por las olas, el crisantemo y el alfanje con una gota de sangre congelada en el filo;

Los tórridos parajes despoblados, la nieve y los caminos estrechos y los acantilados,

La voz del cartaginés en su tienda y el beso de la odalisca al etrusco que todavía no es romano,

El olor a albaricoque en los senos desnudos de las meretrices
la rosa desnuda sobre el altar, el sacerdote y el cáliz.

Fue después la Cruz en lo alto de un monte pelado y horrible, acechado por nubarrones y relámpago,
el hombre martirizado, muerto y resucitado entre dudas y rechazos, la fe y las persecuciones, los Evangelios y las sectas, las catacumbas y los misterios, los clavos y el manto,

la voz en el camino de Damasco y el resplandor que cegó a Saulo, el que creó el dogma;
la caída del Imperio y la muerte de Zeus y Apolo,

la magia de la fe, las cruzadas, la Tierra Santa manchada por la ira y las demenciales guerras por un hueco enclavado en una roca y un pedazo de madera carbonizada, la leyenda de Ricardo Corazón de León y Saladino, héroes de dos mundos diferentes pero emparentados.

los grandes viajes, el mar y los abismos, los monstruos y los temores, las calaveras en la distancia, el rumor de las olas, las aletas de los grandes peces, el horizonte de sangre, la silueta de las palmeras, el domo de las islas, los penachos con plumas de colores escondidos tras los matorrales en la playa, los arcos y las flechas, la cerbatana y el mazo,
la espada, el estandarte y la oración cristiana,
la demolición de Abya Yala, la partida de Quetzalcoatl y su imposible retorno, las inmensas bóvedas repletas de oro, los altares ensangrentados, el corazón arrancado lanzado sobre las llamas,
el brillo del maíz en la planicie, el chamán abducido por los dioses en su viaje psicodélico,
el bramido del búfalo,
el rastro de la serpiente, el alarido del mono, el vuelo de los tucanes y los loros, las gotas de lluvias deslizándose sobre las anchas hojas de los plataneros, el acecho del yacaré,
el sacrifico de la virgen sobre el pedernal, el oficiante con las manos en alto y con el pecho cubierto de oro,
el color de la selva y el grito de la bruja,

las catedrales y los fuertes, la Biblia y el pecado,
las hogueras y los hechiceros, el Santo Oficio y Torquemada,
los piratas, los corsarios y los bucaneros, las batallas en alta mar,
las conquistas de territorios tan vastos como un planeta,
la caída de las civilizaciones de Abya Yala, convertida en polvo se transforma en América, aunque todavía no lo intuye siquiera,
los intercambios comerciales, los asaltos, la destrucción de ciudades,
los negros encadenados y sometidos a la esclavitud, sus lamentos convertidos en canciones, la invocación del descenso de los espíritus, los campos de algodón, el mestizaje y el oro,
el tamaño portentoso de los clérigos que abonaban por la libertad de los pobres indios para encadenar a los negros en los suburbios del infierno, como un acto de magnífica piedad,
el español y el portugués, arrastrados después por el francés y el inglés, que crearon al yankee,
el lupanar y el ron, el salvaje oeste, los bandidos y los duelos, los buscadores de oro, saludados por el diablo en las minas oscuras y barnizadas con carbón, los cazadores de recompensas, los comisarios, la dimensión mitológica de los pistoleros, el ferrocarril y el vapor sobre el torrente del majestuoso Mississippi.

La luna de noviembre sobre los campanarios de White Chapel, el rastro de sangre, la mujer destripada en un húmedo callejón, otras damas masacradas y su cuerpo con la firma de Jack el Destripador, su misteriosa desaparición, los atroces filmes que lo retratan y se equivocan, las especulaciones, los libros y la fama de Scotland Yard,
el vuelo de los ingenios mecánicos, la sombra de los aeroplanos sobre las catedrales, el ruido de los motores de los automóviles,

India sometida por los ingleses, la rebelión de los cipayos, Gandhi, la caída del último vestigio del imperio anglosajón,
la oprobiosa división de un pueblo por los dioses y las castas,
la Primera Gran Guerra Europea, la nieve sobre las calles de Praga, el gueto, el resurgimiento del Gólem, el hombre que no quiso ser Kafka,
los cañones y los fusiles, los muertos y los heridos,
la catástrofe y el dolor;
el fin de la diáspora de Judá, las sinagogas, las iglesias y las mezquitas en el mismo cuadrante geográfico,
la Segunda Guerra,
la bomba sobre Hiroshima y Nagasaki,
los evaporados cuerpos recortados contra las murallas,
los sepukus y la caída del trono del crisantemo,
el surgimiento de otro imperio, la expansión y la guerra fría,
los bolcheviques y el zar fusilado, Rasputín y Anastasia,
la llegada a la luna que todavía se duda, la discusión sobre la existencia del tiempo, la inutilidad de la vida humana, la negación del verbo y su sustancia,
todo esto debió ocurrir, todo debió quedar registrado en las crónicas del dolor humano, antes de que tú y yo, Rosalina, nos conociéramos, antes de que miráramos nuestras pupilas encendidas y nos tomáramos de la mano.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El Demonio del Sur (Final)

No existen registros sobre su estancia en la residencia del extranjero. Algunas fuentes aventuraban la hipótesis de que Pedro había escapado luego de hurtar cierta cantidad de dinero. Otras, decían que el ahora fugitivo, había sido abordado de manera inapropiada por la dueña de la casa y escapó al caer la noche. No escasean los que opinan que nuestro protagonista pudo haber intentado algo inconfesable.

Pedro Antonio López era visitado por una suerte adversa. La materia utilizada por el destino, en esta ocasión, había tomado la forma de maestro. Llegó desde los recónditos lugares donde no se escuchan las palabras, donde el verbo es la canción de los cristales rotos. El tintineo de los machetes era una especie de vocablo atronador durante las noches de feria. Los hombres y las mujeres bailaban sobre gruesos tablones, debajo de un tejado de láminas herrumbrosas, en tanto la luna ascendía como una muchacha desnuda sobre un horizonte de tinieblas.

Este pedagogo impartía clases en una escuela de la periferia. Conoció a Pedro cierta mañana al verlo rondando el recinto. Desde su aula vio al muchacho absorto en la contemplación de la pizarra en cuya superficie, algunas cifras conformaban la arquitectura de un silencioso enigma.

El maestro entendió que se trataba de uno de los muchos niños menesterosos a los que la escuela les ha sido vedada por las privaciones. Le hizo un gesto y Pedro se acercó a la cuadriculada cerca de alambres. Le hizo entrar al salón. Ocupó un puesto al final de la clase ante la mirada de los demás chiquillos que solapadamente se burlaban de la ropa raída y la suciedad del rostro de Pedro.

Al concluir la jornada, el maestro inquiere a Pedro Antonio. Se entera de la pobreza y del deseo (acaso también necesidad) de estudiar del pequeño. El educando le lleva a su casa, un cuarto en un viejo galerón ubicado en las afueras de la ciudad. Allí no hay más que dos inquilinos, una vieja media ciega y un borracho que siempre duerme durante el día.

Lo engañó. Le hizo creer que le impartiría instrucciones, que remontaría su atraso para ubicarlo en igual nivel que el resto de los alumnos, pero lo que realmente hizo fue abusar sexualmente de Pedro Antonio.

Lo humillaba, le trataba de mariquita y le golpeaba cuando intentaba escapar, no sin atarlo a la cama. Cierta tarde, el agredido logró escapar de su carcelero y se marchó. Al único lugar donde podía regresar era al hogar familiar. No había ya nadie. La guerra civil colombiana le había arrebatado a las únicas figuras que reconocía como cercanas. Entonces procedió a robar. En estos lances andaba cuando le prendió la policía. También es violado repetidamente en prisión.

Herido su orgullo, vulnerada su virilidad, juró que nadie volvería a tocarlo. Se hizo de un cuchillo y mata a cada uno de los hombres que profanaron su cuerpo en la oscura y hedionda mazmorra. Les cortó el cuello y los castró. Pintó sobre sus pechos con sangre su versión de una calavera y unos fémures. Fue juzgado, pero se dictaminó que había actuado en defensa propia. Un año fue adicionado a los dos que debía cumplir en el penal.

Salió poseído por un atroz odio hacia todo el mundo, pero las visiones a las que le había sometido la madre durante sus primeros años, le hizo tener miedo a las mujeres, a pesar de los ultrajes proporcionados por los hombres. Poco o nada lograba comunicarles a las mujeres. Su voz se trancaba, sus ojos y labios temblaban ante la presencia de una fémina. Dentro de si, una fogosa rabia se levantaba.

Para desahogar el furor de una libido insatisfecha, recurría a las revistas pornográficas y a la masturbación. Este hábito se convirtió en compulsión, en apremio, en obsesión. La culpa caía sobre la madre como un mantón sucio y hediondo. Ella aparecía amenazante en las noches de pesadilla de Pedro.

Se marchó a Perú. Allí se asentó un villorrio casi selvático. El poblado estaba compuesto por mulatos, mestizos e indios. El aborrecimiento de Pedro por las mujeres le hizo comenzar su faena depredadora en esta localidad. Comenzaron a aparecer cerca del río, entre matorrales, en los barrancos, parcialmente sepultadas bajo el fango, cuerpos de mujeres degolladas, estranguladas o acuchilladas.

La malignidad de este personaje hizo también incursión en Ecuador. Allí, Pedro masacró a cuanta mujer tuvo le fue accesible. Les aplastó la cabeza, las decapitó y hasta esparció sus entrañas como un diabólico rastro sobre el musgo de las peñas y la arena humedecida.

Se realizaron denuncias ante las diversas comisarías de la región. Al menos unas cien mujeres habían desaparecido o encontradas muertas. Cierto atardecer, cuando intentaba secuestrar a una niña de solo nueve años, Pedro fue capturado por un grupo de pobladores de Ayacucho, en el norte del Perú.

En su mayoría indígenas, le despojaron de sus vestimentas y lo torturaron durante varias horas antes de decidir que le enterrarían vivo. Sin embargo, un misionero estadounidense intervino y convenció a los ajusticiadores de liberarse de la culpa y de los horrores del infierno. Finalmente, entregaron a Pedro a las autoridades.

Se hizo contacto con instituciones judiciales de Colombia para confirmar si existía algún tipo de relación con los crímenes cometidos en el país vecino. No obstante, se dijo que en la tríada fronteriza existía un comercio de jóvenes con fines exclusivamente sexuales y estas estadísticas se mantenían al margen de los informes oficiales.

Durante el mes de abril de 1980, cayeron lluvias intensas sobre la región de Ambato cerca de Ecuador. Los campos se inundaron y la tierra fue erosionada por las corrientes. Cuando bajó el nivel de las aguas, pudieron verse desperdigados los restos de cuatro niñas. Los expertos concluyeron que las pequeñas no habían muerto ahogadas durante las riadas, sino que habían sido sepultarlas. Se iniciaron las investigaciones para tratar de encontrar a él o los responsables de estos crímenes.

Varios días transcurrieron después del hallazgo. Una mujer de la comunidad de Carvina Poveda se dirigía al supermercado a realizar sus compras. Iba acompañada por su hija de doce años. De pronto, de entre unos arbustos, un hombre salió y se abalanzó sobre las dos mujeres. Logró atrapar a la adolescente y trató de huir con ella en brazos, pero fue atrapado por algunos comerciantes quienes le retuvieron hasta que llegaron las autoridades.

Los policías comprendieron que tenían a un loco bajo custodia e hicieron un llamado a la comisaría de la cabecera de provincia. Encarcelado ya, Pedro se negaba a cooperar y permaneció en silencio durante el interrogatorio. Para nada hablaría con los gendarmes. Entonces decidieron apelar a la figura de un sacerdote a quien utilizaron para ganarse su confianza.

Pedro comenzó a hablar y cuando clareó el día siguiente sobre el entramado de casuchas, ya había revelado actos tan violentos y sanguinarios, que el padre salió del recinto policial sin dejar de persignarse. Pidió casi a gritos que no lo dejaran más tiempo con el monstruo que estaba tras las rejas.

El padre no delató ninguno de los delitos cometidos por Pedro, pero los policías se las habían ingeniado para escuchar sus palabras y grabarlas. En las cintas Pedro confesaba con la mayor frialdad que había asesinado a por lo menos 100 muchachas en Ecuador, otras 100 en Colombia y una cantidad superior en Perú.

“A mí me caen bien a las muchachas de Ecuador,” dijo, “son más dóciles y más confiadas e inocentes, no son como las muchachas colombianas que sospechan de extraños.” Así comenzaba su confesión. Con la mayor impavidez describía los maltratos y asesinatos. Se justificaba diciendo que todas le recordaban a una mujer asquerosa y malvada que había visto cuando era niño y cuyo fantasma lo atormentaba ahora en su adultez.

“Perdí mi inocencia a los ocho años. Alguien abusó de mi y me hizo sentir mucho dolor y miedo, así que decidí hacer lo mismo a tantas como pudiera”, dijo Pedro a los abogados.

Dijo que sus métodos eran muy sencillos. Buscaba en las mujeres una mirada inocente, un brillo de ingenuidad en sus pupilas. Por eso las “cazaba” a la luz del día porque no quería que la oscuridad escondiera ese gesto de fragilidad.

“Primero, las violo, las poseo, las penetro con fuerza, con dureza. Después las estrangulo mientras miro fijamente sus ojos. Allí, podía vislumbrar el verdadero placer de la extinción de la vida y del asco que me produce. Era una forma de alcanzar el más profundo placer, la más plena satisfacción sexual antes de que la vida se escapara con el último aliento”, dijo el asesino a sus interrogadores.

Pero el horror continuaba después de haber llegado la muerte a sus víctimas. Como no le creían todo lo que decía, Pedro se ofreció a conducirlos a varios sitios donde había enterrado algunos cuerpos. Diseñó para ello un plan de acción.

Una caravana sale de la comisaría al día siguiente. Al llegar a un lugar apartado cerca de Ambato, Pedro señaló un sitio desmontado. “Allí hay muchas de esas mujerzuelas”, dijo señalando con el dedo índice derecho. “Más allá, detrás de esos helechos y también debajo de aquel peñón”, agregó con la mayor imperturbabilidad. Y así fue.

Se encontraron los restos de al menos 53 niñas de entre ocho y doce años. En el transcurso del día el monstruo condujo a las autoridades a 28 nuevos sitios. En todos descubrían cuerpos ya putrefactos o pelados hasta los huesos. No lejos de allí, unos perros mordisqueaban un hueso todavía con hilachas de carne colgadas.

A pesar de haberse encontrado más de 57 cuerpos, este depredador insistía en que la cantidad superaba los 110. Los peritos encargados de las investigaciones consideraban ciertas las versiones de Pedro Antonio López. “Si alguien alega haber matado a 110 personas y hemos encontrado 57, debemos tomarle en serio. Creo que 300 es todavía una cifra muy baja”, apuntó uno de los expertos.

El proceso no duró mucho. Pruebas, había de sobra. El hombre había confesado y algunos testigos le identificaron como el agresor de algunas mujeres que habían sobrevivido, pocas, de regiones, en ocasiones muy distantes unas de otras.

Encontrado culpable por al menos sesenta crímenes, Pedro Antonio López fue sentenciado a cadena perpetua. Todavía permanece preso y ha pedido encarecidamente, no ser liberado jamás porque continuaría su macabra faena destructiva ya que su madre todavía lo atormenta en las noches oscuras cuando el viento aúlla y la luna aparece detrás de las nubes. Aún podía verla entrar a su habitación y desnudarse mientras un desconocido la poseía ante sus ojos.

Publicado en Biografías, Ficción | Deja un comentario

El Demonio del Sur (I)

Era hijo de una mujer de exuberante inclinación a las entregas de su cuerpo. En su vida, los hombres eran meras estadísticas,  rostros que el tiempo borraba, voces lejanas en las honduras de la noche. Ocupaba el séptimo lugar entre 13 hermanos. El ubérrimo vientre que le había parido se convirtió en una estéril concavidad antes de cumplir los treinta y cinco  años. Pedro Alonso López fue el nombre con que aquella tarde de mayo de 1949 fuera bautizado el personaje que nos concierne, en la localidad de Tolmia, comunidad rural de Colombia.

La madre bebía y se emborrachaba en las cantinas del pueblo. Escalofriantes tugurios llenos de sucia humedad, donde el indescriptible olor de la orina y la pudrición se movía en oleadas entre los aturdidos parroquianos. No pocas veces, la mujer se entregaba a los avatares de la carne en la trastienda donde se acomodaban las cajas con botellas de licor, los trastos sucios y oxidados, los bultos de cartón y periódicos sucios, en medio de charcos cerveza.

En otras ocasiones, la embriaguez era tal, que alguna de las compañeras debía cargar con ella hasta su casa, donde la dejaba caer sobre un hediondo colchón de sobresalientes resortes e infestado de chinches.

Cuando despertaba las agujas del reloj habían dado infinitas vueltas. Los haces de luz iban y volvían entre las nubes y rasgaban unos cristales sucios y empañados. Entonces, acosada por la escasez volvía a los espantosos antros a entregar su maltratada humanidad por unos cuantos pesos. Los hijos vagaban por el entorno a ciencia y paciencia de los vecinos que conocían la desagradable historia de esta insolvente familia.

Maligna y lujuriosa, esta pletórica hembra llevaba a casa a los hombres con quienes tenía comercio sexual. Sin el mínimo rubor iniciaba el ritual erótico en los destartalados sillones o en un viejo camastro frente a los pequeños que se estremecían viendo a su madre bajo el furor de un hombre desguarnecido de ropas, sucio y maloliente.

Se lanzaba entonces a un tenebroso abismo de concupiscencia. Desnudos y sudorosos, como animales terribles que intentaban devorarse, la mujer y sus amantes ignoraban el pudor y la decencia. Los pequeños miraban abatidos el asqueroso enfrentamiento y vomitaban en el patio trasero entre las deposiciones de las gallinas y en medio del escándalo de los perros.

Esta señora tenía un puño de pedernal, cincelado por la ferocidad de un relámpago, que dejaba caer sin la mínima pizca de piedad sobre cualquiera de sus hijos al que diera alcance. La calle era su mundo, sobre ella se deslizaba como víbora en celo a la caza de machos que le trituraran como un guijarro hasta convertirla en polvo.

El país era asolado por una cruenta guerra civil. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán había sido la llave con la que la caja de la oscuridad amenazaba con abrirse. Pronto se dieron revueltas y aparecieron grupos al margen de la ley que asaltaban poblados, robando y matando.

Cierta tarde cuando el sol se derretía tras unos cerros pelados, ribeteado por crespones del humo que se levantaba, desde un vertedero de basura, la hermana de Pedro regresaba del baño comunal envuelta en una toalla, en una escena propia de los caseríos y las barracas. Como el recato no era palabra conocida, se deshizo del paño sin el menor rubor en el cuarto. Entonces se acercó su hermano y manoseó su desnudez, a lo que respondió la consanguínea arrojándolo sobre el camastro donde la madre había derramado los fluidos de sus dos últimos amantes de madrugada.

Para desdicha de los dos, la mamá había dejado olvidado algo sobre la vetusta y carcomida cómoda y al regresar vio a los hermanos sumergidos hasta la apoteosis en furioso e incestuoso encuentro.

Lanzado a la calle, pateado y apaleado como un perro sarnoso que olisquea la alacena, Pedro, quien solo tenía ocho años, tan solo reproducía lo que había visto hacer a la madre desde que tenía uso de razón. Nunca más regresaría a ese lugar de pesadillas, donde el lobo acechaba con las fauces ensangrentadas. La bestia marcharía a otro lugar, pero en silencio, con el cuidado de dejar el cubil sumergido en las sombras.

Deambulaba un día cualquiera por las calles. Sucio y flaco, tenía tanta hambre que husmeó en los basureros. Sin embargo, su estómago aún no poseía el blindaje de ese tipo de menesterosos que ingieren desperdicios sin consecuencias funestas.

En esos asuntos andaba el muchacho cuando un hombre lo llama y le ofrece comida, techo y cama. Para Pedro Alonso, la figura masculina era evanescente, distante y algo tenebrosa. Era el fantasma que gemía en los brazos de su madre, el torpe troglodita sin voluntad que seguía el olor del sexo.

Con cierta cautela aceptó la oferta. Imaginaba una casa con portal, grandes y mullidos sillones, con una despensa abarrotada y agua tibia para lavarse antes de dormir; se figuraba un floreado y verde jardín en la parte trasera donde podría jugar a la pelota y corretear con los perros.

Pero era demasiada esperanza la del pequeño réprobo en ciernes. El individuo al cual había seguido, quien le tomaba de la mano para cruzar las calles le condujo a un edificio en ruinas, un tanto alejado del movimiento del centro del poblado. Se sintió acorralado cuando el sujeto lo lanzó contra un tabique parcialmente derrumbado y se deshizo de sus pantalones. Contra un montón de arena rociada con orine de gato, el maligno personaje lo sodomizó en repetidas ocasiones hasta que su lascivia quedó satisfecha en un último jadeo.

Este incidente le abrió las puertas de un laberinto. Incapaz de comprender esta acción salvaje, sabiéndose hombre y no mujer, no era capaz de decodificar por qué alguien de su propio sexo le había poseído como una enorme araña sobre un promontorio arenoso. Después de esto, Pedro fue acosado en las calles por numerosos extraños.

Obligado por el temor a sufrir otra vez tan atroz dolor, dormía en escondrijos, oculto entre tinacos y con cascotes, levantaba trincheras para confundirse con las sombras y los desperdicios. Antes de esconderse y con las primeras horas de oscuridad salía a buscar comida en los vertederos de basura donde en ocasiones, debía pelear por un mendrugo o los residuos de un almuerzo.

Un año después, Pedro Alonso marchó a la capital del país, Bogotá. En la enorme ciudad mendigó y recogió basura. Fue entonces cuando conoció a un estadounidense que, conmovido por los ruegos del chico para que le diera algo de comida y por su desnutrida apariencia lo llevó a vivir a su casa donde le aguardaba su esposa.

El extranjero le proporcionó una residencia cómoda y agradable, alimentación, ropa y juguetes. Además le inscribió en uno de las escuelas de la localidad para que desarrollara una inteligencia salvaje e ingenua… otras sorpresas le esperaban a Pedro

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El Hombre Elefante

El viento sopla y trae un olor a flores y a tierra mojada. A lo lejos pueden verse los picos nevados y las nubes que les rodean como diademas de espuma. Las laderas de los montes son de un verde intenso durante la primavera. En la llanura retoza una manada de potros, no sé sin son salvajes o domesticados, pero alegres relinchan. No muy lejos un hombre camina bajo el peso de un bulto. Dentro del fardo algunas piezas de montería. Deja sus huellas sobre el camino que conduce a la cabaña donde le aguardan su mujer y su hijo.

Ya no es joven. Las líneas del rostro delatan a un individuo de unos cincuenta años. El cabello encanece y escasea. Los ojos son pequeños y vivarachos y sobre el labio superior se asoma un ralo bigote.

En el pórtico de la cabaña una mujer descascara el arroz y canta casi en susurro una melodía con baches de silencios llenados por el gorjeo de los pájaros que sobre un melocotonero se han instalado para aguardar la noche.

Coloca el hombre el morral sobre el tablado del portal rozado por una luz ambarina, mientras la mujer le sonríe y con un gesto de casi imperceptible factura aparta del rostro el negro cabello que le oculta. Algo le dice en su idioma secreto el hombre y ella asiente con un movimiento de cabeza.

Entran con cuidado a la cabañuela y dejan colar un poco del aire frío de las montañas que desordena las flores en los jarrones. Se sientan a la mesa y escudriñan el fondo de la bolsa. Un conejo y una codorniz son colocadas sobre la madera rectangular. Algo de cebolla, ajo, tomillo y hierbabuena complementan lo que ha de ser el menú.

La mujer se levanta con las piezas y los condimentos, mientras el hombre se quita el abrigo, las botas, coloca el rifle detrás de la puerta y se dirige a los aposentos ocultos por una cortina de un rojo quemado un tanto raída

Dentro hay una densa penumbra. Apenas una vacilante luz que emana de la lámpara de keroseno. Sobre un camastro alguien se mueve al sentir la presencia. Es Huang Chuncai, un hombre joven de poco más de treinta años.

No habría nada de extraño en imaginar a este inquilino en el rústico camastro tumbado cuando apenas se asoma el turbio manchón de la noche en los espacios azules del cielo. Nada de interés tendría esta nota si no dijéramos que Huang padece una enfermedad que en el siglo XIX originó una de las historias más terribles pero también una de las más valerosas y sublimes, una crónica de dolor que volvió a la luz en la década de los ochenta de la pasada centuria.

Huang es una versión china de John Merrick, el hombre elefante, quien en la Inglaterra isabelina, causó asombro y terror por su deforme apariencia. Trabajados por la desesperanza y la miseria, ambos tienen mucho en común.

Los dos han causado estupefacción y burlas, ambos fueron considerados monstruos, encarnaciones del mal, animales o engendros circenses; pero también, estos dos agentes del sufrimiento gratuito, tuvieron la dignidad de enfrentarse a la desgracia con un espíritu puro, con un corazón no contaminado por la amargura.

Al igual que Merrick, Huang sufre de un extraño y deformante mal. Una serie de tumores le ha desnaturalizado el rostro al punto de ser una masa de impresionantes protuberancias que amenazan con romper la piel, agrietada y reseca. Algunos le conocen con el nombre de Síndrome de Proteo.

El neurofibroma crece de manera incontenible en el rostro de Huang. En el desdichado Merrick, el mal le invadió todo el cuerpo. Deformó una de sus manos y los dos pies que debía arrastrar para caminar con pesadez, doblegó además, la verticalidad de su osamenta y llenó de protuberancias la mitad derecha de su cabeza. Su nariz era una especie de tubérculo partido en dos que se desprendía desde el centro de un rostro sin gestos.

Huang se mantiene postrado con un tumor que pesa alrededor de 15 kilogramos. La excrecencia ha atravesado su espina dorsal y le ha impedido crecer. La imposibilidad de movilizarse le ha obligado a permanecer tumbado en un ángulo oscuro de la habitación donde se cuela el frío y la humedad, además de las alimañas que le irritan la piel con sus picadas.

Mueve sus ojos como reacción a los estímulos exteriores. Algunas veces escucha el canto de su madre que lava la ropa en la orilla del riachuelo que se desliza en silencio en la parte trasera de la cabaña. Su sonrisa es un fugaz resplandor, una línea que se achica entre los párpados de cada ojo.

No puede hablar ya, pero se comunica con algo de solvencia a través del movimiento de su mano izquierda. Ha establecido un sistema de códigos, absolutamente ininteligibles para los desconocidos, pero cuestión de rutina para la madre y el padre.

Alguna vez, cuando niño, pudo corretear y jugar al aire libre, bajo el sol o la lluvia. Salía de casa y se entretenía en los pastizales capturando insectos. Jugaba con los grillos y los escarabajos, con los penachos de la hierba recién brotada; chapoteaba en el hilo de burbujas que se entretejía en la ribera del arroyo.

Balbuceaba en su lenguaje secreto, frases que, según su madre, comprendían las aves y las mariposas. Pero su solitaria alegría terminó cuando los chiquillos de la periferia le descubrieron y comenzaron su asombrado acoso.

Las jornadas de risueña holgazanería infantil se esfumaron con la incrustación del tumor en la espinal dorsal. El dolor comenzó como una especie de calambre para después trastocarse en una salvaje punzada. Retorciéndose de dolor caía al suelo mientras la madre trataba de conducirlo al lecho.

Médicos especialistas de la capital organizaron una gira médica a los rincones más apartados del gigantesco país. Muchas enfermedades terribles les salieron al paso, pero han confesado que la de Huang ha sido la más dramática.

Ahora, los facultativos le han conducido al hospital oncológico de Fuda en Guangzhou donde intentarán extirpar el tumor, del tamaño de una montaña. Uno de los doctores ha enfrentado ya un caso parecido, pero no con las complicaciones que presenta el de Huang.

El colosal tumor ha desarrollado una intrincable red con los vasos sanguíneos, no solo del rostro, sino también de la espalda y del pecho. La operación será sumamente difícil y debido al ramal que lo sustenta de sangre, una hemorragia podría ser mortal para Huang.

El hombre, de 31 años no ha mostrado el mínimo temor. Sabe que su vida depende de la pericia de un grupo de médicos que no le otorgan demasiadas esperanzas, pero cualquier intento, cualquier osadía sería preferible para él que seguir sumergiéndose en un cuerpo destruido.

La madre sabe que su hijo no ha tenido un solo día feliz en su vida. Respeta su decisión y sabe que si la muerte llega ha sido porque también viene con ella la paz.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El Fantasma de Sodoma (Final)

Urdrah salió a una especie de portal, del cual no podemos ofrecer descripción por la incertidumbre de que en época tan remota, los constructores de casas tuvieran esas sutiles consideraciones.

Allí, de pie, bajo un alero de arcilla, cuyas menudencias se acumulaban en algún rincón, como montoncitos enrojecidos, Urdrah miraba la distancia. Pensaba en el pan que se horneaba, el vino añejo oscilando en la redondez de las ánforas, en las codornices sazonadas con tomillo, laurel y canela, en los girasoles que desfiguraban la simetría de las ventanas y los cortinajes de rústico tejido movidos por el viento.

De manera imprevista y veloz, se coló en esa sucesión de pensamientos, la imagen de su mujer bañada por la luz del crepúsculo. Desde su cabaña salía un camino hacia las montañas, poderoso macizo con apariencia de monstruosa criatura hecha con huesos y piedras.

Las nubes ciñen las cimas y por las laderas de los cerros se desliza una especie de mancha oscura. Hacia la izquierda, por una abertura entre dos masas de montaña, un estrecho camino predice el viaje hacia algún sitio del otro lado de la cordillera. Han de haber vastas llanuras de hierba, palmeras, dátiles adormecidos sobre la sombra de las nubes, camellos que caminan con indiferencia debajo de los cuerpos de los mercaderes. Logra divisar unos puntos negros que se movilizan con rapidez y dejan tras de si una estela de polvo.

Se marchan. Se adivinan presurosos estos puntos que cada vez son más diminutos y menos perceptibles. Al menos cuatro personas avanzan en esa dirección. Un hombre y tres mujeres, podemos decir nosotros, facultados para una observación aérea desde la insondable y azul altura. Le es imposible a Urdrah reconocerlos y piensa en jóvenes ambiciosos, comerciantes o proscritos. Alguno de ellos ha de ser, alguno ha de representar a personajes con tales cualidades o características.

Convertidos ya en átomos, Urdrah deja de observarlos cuando un leve movimiento le sustrae de su abstracción. Nada trascendente, nada importante, pero la tierra se ha estremecido debajo de la ciudad.

Una rasgadura del telar de rocas se expande con cierta lentitud que pronto será impulsada por una energía mayor, por un impulso de sobrecogedora magnitud, hasta convertirse en terremoto, en sacudida, en convulsión.

Urdrah volvió su mirada hacia la plaza. Nadie parecía haberse percatado de los movimientos de los pilares terrestres, nadie tomaba medidas de protección, no había iniciativas con intenciones de rescate, nada. Entre él y el emplazamiento más público de la ciudad, se comenzó a levantar una especie de cresta de tierra.

A cada segundo, su ensanchamiento se expandía con sólida intención de carcomerse la plaza, en primera instancia y el resto del lugar como complemento. En lo alto del cielo, una nube tomó la forma de una espada, algunos la vieron y corrieron a esconderse en bodegas o en pasadizos, al percibir el rostro de un toro con cuernos dorados.

En ese instante, los gritos asaltaron la ya declinante tranquilidad del día. Un pedrisco de fuego cayó sobre un portal. Fue tal el golpe que derrumbó parte de la estructura. Después llegaron los resplandores, el olor a ceniza y azufre, el viento caliente, la ceniza oscura como una noche de invierno y oscilaciones de relámpagos rojos y azules. Urdrah pudo ver el fuego que avanzaba después del contundente golpe del meteoro. Vio a la gente correr, atropellarse, caer, pisotearse, golpearse cuando las llamas se expandían como un ejército por todas partes.

La grandiosa soledad de la que acostumbraba a disfrutar se esfumaba. Gruesas masas de personas corrían en todas direcciones, pero él había dejado de escuchar los ruidos de la debacle. Apenas un roce de paños de seda, un sutil gorjeo.

Dejó Urdrah de recordar las experiencias más importantes de su vida, ni su infancia, ni su adolescencia, ni siquiera los hechos más próximos en el tiempo venían a su memoria. De pronto, olvidó el nombre de su mujer y sus hijos, hasta el suyo se desvaneció sin arrastrar siquiera las sílabas ni tartamudeo. Las estrellas comenzaron a caer.

El sol lanzó intensos haces de luz y la matriz de la tierra fue rasgada por un alfanje de fueto, como un vientre animal. Urdrah hizo un intento de correr, pero no tardó en sentirse impulsado por un viento caliente. Entre baches de colores, formas y oscuridad, se extraviaba, se introducía por una especie de complicación, para él en ese momento, absolutamente indisoluble.

Por su parte, los demás habitantes de la ciudad escuchaban los estruendos, el ruido ensordecedor del terremoto y caían como fichas en una mesa inestable, sentían el supremo dolor de la extinción, el vacío de la muerte mientras descendían hacia las tinieblas.

Udrah dijo palabras en idiomas desconocidos, clamó a grandes voces, pero nadie respondió. La brisa pasó sutil, apenas perceptible. Rozó la cara humillada, la barba enmarañada. Buscó debajo de las paredes derrumbadas, en medio de la humareda, debajo del polvo, sobre las incongruencias de la madera derruida. Cae entonces la locura estruendosa de la celeste indignación. Se resquebrajan los pilares púrpuras que sostienen el espacio.

Un aullido de perros quemados y lobos moribundos llenan el lugar. Las ruinas humean mientras los pasos de Udrah se comienzan a desestabilizar. Hay aristas encendidas por todas partes, sus ojos lanzan rayos. Algo de desgracia se arrastra. Un águila de cenizas tiembla sobre la testa del hombre. Han desaparecido los hijos, las mujeres se han desvanecido como espuma en las orillas de la playa. De la nada salen espectros que pasan de largo.

El hombre no se conforma con la sutil evanescencia que lo ignora. Las rocas se han comenzado a desprender, las paredes caen con violencia sobre los muebles, sobre los arcones y las ánforas. Ve en lo alto las mariposas de la candela revoloteando.

La dulce sinfonía de los tiempos pasados desafina en medio de las llamas. Caen granizos, el estupor de la tierra arranca de sus bases los árboles e inunda de albero sablón las cuencas de los ojos de los muertos. Sale en vertiginosa carrera. No ve más que figuras descompuestas, siluetas sombrías, tinieblas.

El manto raído de la tierra por donde asoma el magma terrible del volcán, el color demudado en cera gris, las manos temblorosas y diáfanas, el cabello como los leones cincelados por los golpes de un martillo de lava. Cuatro cabras quedaron impregnadas de roca.

Udrah se desalienta. Camina arrastrando los pies, las sandalias se han fundido con la lava que baja por las laderas. Toma una rama y la convierte en un báculo. Comienza a subir. La nieve empieza a caer en iracunda paradoja. Hay vaporosas ondas flotando sobre cuerpos muertos, sobre carretones carbonizados, sobre animales desgarrados por las garras del fuego. Logra ver como se levanta el humo en la antigua ciudad. No hay nadie con él.

El frío arrecia para contradecir a la ígnea exhalación del fondo de la tierra. La nevisca cae despiadadamente. No están ni los leones ni los chacales, ni las víboras ni los lagartos. Sobre su cabeza vencida una corona de hielo. No hay nada más. El tiempo se ha consumido. No queda nada. Cuando ha logrado alcanzar un altozano, divisa una silueta erguida. Es una especie de estatua. Al palparla, siente que se desprenden gránulos como de sal. Muy cerca de su casa se detiene. Continúa viendo ese vaivén de sombras y luces.

A unos pasos, un rostro blanco, cerúleo, entristecido por la muerte, aplastado por vigas y rocas. Los ojos se asoman desmesurados en su última contemplación. En sus pupilas han quedado grabados cántaros, mesas, carretas, sillas, mantos. En su ojo izquierdo, en un pequeño espacio del iris el rostro de la mujer se ha dibujado. A un lado, no se ha dado cuenta, yace su propio cuerpo cubierto de polvo de arcilla y cenizas.

Publicado en Ficción, Leyendas | Deja un comentario

El Fantasma de Sodoma (II)

A veces, cuando la oportunidad es propicia, establece contacto con los arcanos escondidos en la última sinuosidad de su memoria. Allí habitan y tienen la forma de criaturas de luz o de sombras. Deja vagar sus pensamientos por secretos lugares, donde las nubes son ciudades y naciones las estrellas. Con algo de poesía, el pincel de su imaginación le da color a los mundos estelares donde la morada de los dioses se levanta.

Con una sola mirada alcanza esa luz sideral que enciende los gigantescos pebeteros en majestuosos balcones e increíbles ventanales. Muchas noches, Urdrah subió a la terraza para mirar con curiosidad la profundidad de la bóveda donde las esferas nacen.

Los carbones encendidos flotando sobre el negro tapiz de la eternidad titilaban en sus pupilas. El pavoroso silencio de la infinitud, donde el sol se sumerge y las estrellas se adormecen. El día llega. Primero su manto rosado se derrama con suavidad, como un delicado almíbar. El viento se enrosca en las columnas del amanecer.

Se respira una tranquilidad casi tangible, mientras una lechuza se levanta detrás de un banco neblinoso y una lagartija salta sobre las piedras todavía húmedas de rocío. Ante semejante cuadro de serenidad, los astrólogos no se animan a descifrar misterios.

Urdrah disfruta estos momentos, lejos del ruido de la muchedumbre, de lo movimientos de la casa, de las charlas insustanciales de los vecinos, de la hipócrita benevolencia de los sacerdotes, del torpe poderío de los soldados y la inconstante atención de los animales destinados al holocausto o al vasallaje. Sin embargo, algo esta a punto de ocurrir en tan íntimo momento.

Lo primero que llamó la atención de Urdrah fue el repentino silencio y quietud del viento. Las hierbas de las praderas se encontraban inmóviles como verdes obeliscos. Algo de animal muerto, de piedras rotas se presentía. Los vestigios del crepúsculo le hicieron a Urdrah imaginar un embestir de dos toros de fuego. Pero la ciudad despertaba sin aspavientos ni sobresaltos.

La oferta y la demanda en el mercado, las voces de los comerciantes, el cacareo de los gallos, el rebuzno de los burros, el tintineo de las monedas que cambian de manos, el tambor del amanecer que resuena mientras el sol lanza sus primeros haces de luz sobre este mundo.

Los niños comienzan a salir de sus casas, los perros juguetean, los carretones inician su marcha, de los zaguanes surgen los borrachos que trastabillan y maldicen, algunas meretrices, tendidas sobre sus esteras, cargadas con los agrios olores de la noche, asoman sus rostros deformados por el rubor de los afeites y las cremas de nácar y conchas trituradas.

Poco a poco los niños comienzan a corretear por todas partes. Los perros saltan y ladran siguiéndoles. Las gallinas se escabullen entre los tenderetes, mientras los corderos balan sin intuición ni miedo. Algunos carretones obstruyen las fuentes, pero sobre la montaña de bultos que cargan, sobre sale la colosal imagen de Baal, con su rostro iracundo y su barba lacustre que resbala inmóvil sobre su pecho de bronce.

En el fondo de una casucha, un dios inexistente, que todavía no tiene méritos ni prosélitos suficientes, se mantiene inmóvil ante la oscilación de la flama de una lámpara de aceite. Es Maarbek, tocado con flores y laureles que se enredan en dos cuernos curvos que sobre su frente aparecen. Lleva pezuña hendida y muslos poderosos que hacen recordar a los toros.

Urdrah se asomó a la puerta. En el quicio se mantuvo unos instantes, haciendo acopio de fuerzas para integrarse a esta parte del universo material Miró hacia el este y vio una torre vacía, donde ondeaba un retazo de paño, clavado en el filo de una roca saliente. Recordó que nadie llegaba a ese sitio desde hacía varios años. Nadie se acercaba desde que los estandartes fueron arrancados por un temporal de arena y flechas durante el ataque de los nómadas del desierto.

Urdrah no era un hombre apasionado por las artes de la guerra, ni por el estruendo del choque de las armas, por lo tanto no había archivado las menudencias de aquellos tiempos de violentos enfrentamientos y de derramamiento de sangre.

Más propenso era al éxtasis mientras contemplaba el rosado flujo de sangre bajo la piel de su mujer el día en que rozó su mano una tarde mientras llovía. Sí, en aquellos tiempos su fuerza era la del toro, su agilidad la del lince.

Era capaz de portentos, hoy imposibles por su caducidad. Bebía en el ánfora secreta de sus besos, navegaba en la corriente de su cuerpo, moreno como la tierra de los oasis. Jugueteaba con sus cabellos como las gaviotas de ignotos mares con la rubia espuma.

Así era Urdrah, roca sólida empotrada en una muralla. Lo único desconocido que se había movido fuera de los muros fue un león de mil años hecho de fuego y las langostas que intentaron desnudar la sombra de los penachos de las palmeras sobre la arena.

Todos quisieron ser brisa y rosas, burbujas y diamantes, para prenderse del rostro del deleite y de la lujuria, para resbalar por sus párpados y adormecerse indistintamente sobre los regazos nebulosos de hombres y mujeres.

Algunas mujeres tuvieron visiones de caballos alados y obeliscos coronados con yelmo de bronce en medio de la llanura desértica. Hombres hubo que bebieron sangre espesa como el fango, que escribieron con llamas sobre el día y arrastraron sus pasos hasta esteras desconocidas.

No se midieron los vapores del aliento de los cuerpos tendidos sobre las veredas, en las callejuelas, sobre la sombra de los tenderetes, en las esquinas donde se amontonaba la arena, no se ocultaron los pudores de los ojos impúberes, un velo de apetencias cubrió los rostros, el humo de la desolación penetró la respiración de los habitantes, rasgó las túnicas, lanzó los mantos, quemaron las colgaduras y los ornamentos, agotaron los remilgos y las antiguas penas; un torbellino de hierro y sílice envolvió la ciudad.

Entonces, del abismo, desde la oscuridad del subsuelo, ascendió una grieta que reptó hasta alcanzar un ángulo donde la pared de la muralla se unía al techo. Una serpiente de cenizas subía hasta el tejado con la arrogancia de los hilos de luz.

La casa temblaba, las paredes se remecieron y, una a una, comenzaron a desmoronarse. Los cascotes de las torres cayeron sobre los habitantes de la ciudadela que se convertían en manchas sanguinolentas, en deformaciones de carne y huesos. Las bodegas se vinieron abajo, los toneles se rompieron y derramaron el vino que fue absorbido por la arena.

Las copas de bronce, las artesanías, los cálices se hacían añicos sobre las piedras que surgían como excrecencias. Las mujeres que habían acudido a las cisternas corrieron despavoridas, pero una tenebrosa gruta abrió sus fauces y las engulló.

Los niños, sin saber qué hacer, atolondrados por el frenesí, no atinaban a moverse en las direcciones seguras. Caían y eran pisoteados por los adultos que buscaban afanosos la puerta de la ciudad, tan distante ahora como el mar.

En el cielo nada, un azul duro, como una lámina de acero. No había nubes ni pájaros. El día era de una intensa luminosidad, infinita era su presencia. La ruina comenzaba en la tierra y lenguas de fuego se veían descender a lo lejos como una serpiente de color rojo, entre las nevadas azucenas de las laderas.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

El Fantasma de Sodoma (I)

El día se llena de chispas que se desvanecen entre los dátiles que al suelo han caído desde oscilantes palmeras. Un pincel invisible matiza suaves tonos de rosa, verde y azul sobre la llanura, más tarde grisácea e iridiscente. El telar de lienzo celeste es manchado por nubes pasajeras y efímeras mientras la aureola nimbada del sol emerge con timidez detrás de un macizo montañoso.

En medio de la vastedad hay una ciudad amurallada. Sobre los muros se refleja la primera avalancha de luz salida del útero de la noche desvanecida. Es como si una ampolla de ámbar hubiese hecho eclosión sobre mil pétalos de sangre, chorreando cristales de cuarzo sobre el polvo oscuro.

El viento y el polvo inician, súbitamente, una danza furiosa que ahuyenta a las lagartijas. Un escarabajo solitario se introduce en un agujero y una serpiente, con su rastro sinuoso, se lanza en su búsqueda.

Detrás de los muros de la ciudad el silencio se desgaja y se despereza. Un murmullo comienza a crecer. Las puertas se abren y salen los hombres amodorrados, con el rostro lleno de surcos y arrugas. Las mujeres colocan ánforas sobre sus cabezas y caminan hasta el pozo. Los camellos se levantan antes del rebencazo de su amo.

Las casas son de piedra, blancas y bajas. Hay un recinto principal donde el jefe de la familia ocupa el lugar principal y los demás miembros se ubican a derecha e izquierda sin sitios definidos. Al fondo una habitación dividida por gruesas cortinas acoge al hombre y la mujer, de un lado y del otro a los hijos. Afuera, debajo de un toldo, en una terraza de no mucha dimensión, los sirvientes se sitúan apretujadamente.

Se encuentran las casas unas frente a otras, a los lados de una calle hecha con piedras pulidas, sobre la que los carretones, los camellos, los caballos y los transeúntes caminan hacia la plaza principal, donde la estatuad del dios Baal muestra el poder del cincel sobre la roca muerta.

De cada lado de esta calle pedregosa se abren también tenderetes colmados con baratijas, alfombras, cántaros, pulseras, collares, piedras pulidas. Las más notables comercian con oro, plata y cobre. Casi siempre, al lado de estos comercios, los cambistas se postran ante una tela colorida con incontables unidades monetarias de circulación en las ciudades o naciones de la periferia.

Pueden verse también algunas tabernas, de cuyo interior sale flotando el dulzón olor de la orina y la acre efusión del vómito. Los ebrios duermen arropados con sus túnicas, en sus oscuros rostros se deslizan hilos de sudor y saliva, tienen el rancio olor de los dátiles y del pelambre de los camellos. Una que otra prostituta emerge del oscuro interior con el rostro pintarrajeado como payasos paleotestamentarios.

Cada esquina de la ciudad concluye en una torre desde la que puede divisarse la lejanía. Las caravanas, los jinetes y los peregrinos podían ser divisados desde estas atalayas, pero ahora no hay guardias que custodien el horizonte, solo arañas y bichos escurridizos. A veces, los ociosos adolescentes, suben hasta esos sitios para saciar sus ansiedades y vierten su savia sobre la arena o los duros cascotes del piso.

Urdrah es un artesano, una simple criatura a la que la vida le ha otorgado cosas simples. Pocos intereses, pocas angustias. No es ni sacerdote, ni guerrero, ni escriba, ni astrólogo, apenas un transformador de la materia burda, alguien sin importancia. No llama la atención porque siempre está sentado con la atención fija en un pedazo de roca o en un montón de tierra que gira sobre un plato.

Estaba casado con Farih, una acadia de noble cuna que había quedado en la indigencia después de la guerra en la que todos sus familiares fueron asesinados o convertidos en esclavos. Tenía un hermoso rostro, ojos color de avellanas, sobre cuyos párpados aleteaban dos pobladas cejas muy negras. Sus labios eran de un vivo escarlata y la piel de un delicado color canela. En su interior, Urdrah había derramado su simiente y procreado tres hijos y tres hijas que ahora estaban ya en la edad núbil.

Farih cocía el pan en un horno de piedra. De vez en cuando, recordaba su país, la amplia plaza, el santuario, la música de los címbalos y las cítaras y la rosa perfumada que cultivaba en su jardín, debajo de un sicomoro. Un suspiro le traía una memoria, un azul sentimiento de desconsuelo, al imaginar la dicha perdida. Pero también sentía complacencia por haber sido desposada por Urdrah, a quien debía la tranquilidad que otras mujeres no tenían en Sodoma.

Entre la estremecedora clámide púrpura del crepúsculo y el tórrido resplandor del mediodía, entre el esplendido cielo y la pesada tierra, entre la lírica armonía de su idioma, Farih encontraba tiempo para cantar y recordar aquellos tiempos ya perdidos cuando su voz era como la seda acariciada por el terciopelo.

En ocasiones, Urdrah la miraba en silencio mientras danzaba al compás de timbales imaginarios, coronada con una diadema de flores y vestida con preciosos tejidos de Acadia, Sumeria o Egipto.

Eran todavía los tiempos de la felicidad, la época de la inocencia. No era posible adivinar en qué momento se introdujo en los habitantes de Sodoma todo el furor de la lujuria y el desenfreno de la violencia que ahora, comenzaban a imperar entre los grupos más jóvenes, a la sazón desobedientes y desinteresados, malvados y carnales.

Publicado en Ficción, Leyendas | Deja un comentario

El Guerrero Místico (Final)

Custer ascendía por la cuesta contraria, pero los indios le salieron al paso. Interceptado por los guerreros de Caballo Loco o Tasunka Witko el general de los cabellos largos sintió por primera vez en su vida el aliento de la muerte. Vio a lo lejos, sobre un caballo oscuro como las tinieblas de una noche tormentosa, un jinete con el rostro parecido a la nada. Sentía su mirada vacía, su inequívoco vacío. Pero, dentro de su pecho, palpitaba también el corazón del guerrero y en su cerebro el cálculo del estratega. Esta vez, sin embargo, sería la primera que cometería un error.

Tasunka Witko guió a sus combatientes seguro de la victoria. Rodeó a las huestes de soldados blancos. Comenzó a conformar los círculos con los cuales acorralaría al militar. Las casacas azules se encerraban en un núcleo para construir su bastión defensivo.

El movimiento circular de Caballo Loco envolvía a los hombres blancos. El cerco se cerraba y parecía imposible salir de él. Custer se dio cuenta de que permanecer sobre las cabalgaduras les convertiría en blanco fácil para las balas y las flechas de los Sioux y los Cheyenes.

También formó Custer un círculo protector. Era como retornar a claustros atávicos donde la calidez proporcionaba seguridad, donde los sonidos eran tan solo los movimientos de un corazón que motivaba la vida. Entonces comenzó la rotación de los guerreros, de los feroces combatientes, estimulados por la visión de los ancestros, por la voz del halcón y la trepidación de las estampidas de búfalos.

En cada nuevo giro, con cada revolución, los adversarios del general de los rizos de oro, descargaban relámpagos de metal, tormentas de lanzas y saetas. La furia de los indios comenzó a quebrantar la resistencia de los blancos. El corazón de los soldados estadounidenses temblaba ya de pavor, en sus ojos se asomaba el pánico al contemplar a la muerte vestida con lana y coloridos penachos.

Uno a uno caían los soldados blancos. Las balas les reventaban las carnes, desbarataban sus cabezas, las lanza hacían saltar las vísceras, los tomahawks los ojos y el encéfalo carcomido por la violencia del bronce y la roca.

Los cuellos desnudos de los vestidos con chaquetas azules se convertían en cataratas de sangre. Las venas y las arterias abiertas derramaban el fluido vital sobre la tierra oscura, donde antes pacía el venado.

Para consolidar la defensa, Custer ordenó a sus soldados matar los caballos. Detrás de los equinos muertos, los combatientes formaban trincheras desde donde disparaban sus fusiles ya casi sin municiones. Sobre sus cabezas revoloteaban los cuervos en una macabra danza de sombras con los picos abiertos y los ojos sin vida.

Por todas partes rugía el trueno y gritaba el búho. Por todas partes temblaba el ciprés mientras las nubes cubrían las cimas de los montes con su crespón de gas y nieve. Todo el campo de Little Big Horn se había tornado escarlata. Los poros de la tierra se habían inundado con la brillante y espumeante licuefacción de glóbulos y células despedazadas por el fuego y el azufre.

Solo media hora duró la hecatombe. En treinta minutos, los dioses antiguos aplastaron al crucifijo y encendieron el universo blanco. El tiempo se detuvo incrustado en un rojo peñasco. No se movieron los relojes ni el planeta giró. Fue un período en que los anales fueron interrumpidos por la vorágine festiva de la muerte.

Al finalizar, volutas de humos ascendían desde los cadáveres. A cierta distancia, un solo caballo galopaba hacia la pradera. Era Comanche, una de las cabalgaduras de los soldados que había roto la brida y lanzado a su jinete sobre un tumulto de tierra donde se deslizaban los escorpiones y las víboras.

Los indios se reunieron en torno a Caballo Loco. El líder resollaba con el rostro manchado de sangre. Los demás también mostraban las señas de la fiereza de la batalla. Frente a ellos, yacían sobre el barrizal los cuerpos sin vida de 225 hombres blancos y unos 40 indios. Boca arriba, traspasado por flechas, lanzas y balas, Custer estaba tendido con los ojos abiertos contemplando el vuelo del cuervo antes descrito. En sus ojos había hielo y eternidad.

Caballo Loco cabalgó entre los caídos. De pronto, todo se borró y se tornó en oscuridad. Hacía frío. El valeroso guerrero percibió imágenes remotas de otros tiempos. Montañas bañadas en luz, extensos pastizales pintados de oro y esmeralda. Se acercaban viejos adalides tocados con majestuosos penachos. Se le acercaron sin decirle nada. Tan solo en sus ojos pudo ver dibujada la punta de una bayoneta. No supo explicarse Caballo Loco la visión, pero al retornar a la realidad sintió el roce de una leve brisa que le hizo sentir miedo.

Sintió dentro de si que el hombre blanco regresaría, cargado de muerte para vengar esta humillante derrota. En su corazón se abrió una trocha de angustia por donde vio asomarse innumerables fantasmas con su propio rostro.

Los vientos salvajes le trajeron la voz del búfalo que a lo lejos pastaba. Hizo una seña y todos le siguieron. Volverían a su nación con las manos manchadas de sangre, pero satisfechos y victoriosos.

Cuando desmontaron, Caballo Loco fue abordado por su pariente, Alce Negro, también bravo guerrero, le miró de hito en hito, como si desdibujara su silueta. Después le habló en su lengua sobre la traición y la muerte. Caballo Loco no dijo una sola palabra, tan solo se detuvo un instante sin verle para después entrar en su tienda.

En la batalla de Little Big Horn, ante la ferocidad de la contienda, indios y blancos se enfrentaron en una batalla cargada de simbolismos. Las dos secuencias de círculos chocaron.

El círculo del ataque, de la avanzada, el círculo que se expande y consume, que conquista y asimila. El círculo de la defensa regresa al punto medular de la acción desde donde no puede volver a difundirse mientras se mantenga el contacto entre las dos fuerzas antagónicas.

Después, el ejército volvió tal como imaginó Caballo Loco. Ejerció sobre los indios una incontenible presión que obligó al héroe indio a rendirse. Apresado por los soldados blancos, fue encarcelado en el Fuerte Robinson, donde sería asesinado a bayonetazos el 5 de septiembre de 1877.

“Miré ante mí y percibí que los montes tenían peñas y bosques, y que de las alturas partía todo género de colores hacia el firmamento. De súbito estuve en la montaña más alta, y alrededor de mí, a mis pies, se dilataba el cerco total del mundo. Y estando así, vi más de lo que puedo enumerar y entendí más de lo que vi; pues veía de modo sagrado, con el espíritu, las formas de las cosas, y la forma de todas las cosas que deben vivir juntas como un solo ser. Y advertí que el aro sacro de mi pueblo era uno de los muchos que constituían un círculo, amplio como la luz del día y el resplandor de las estrellas, y en el centro había un poderoso árbol florido que cobijaba a todos los hijos de madre y padre. Y observé que era santo”… ALCE NEGRO…

Publicado en Biografías | 1 comentario

El Guerrero Místico

Eran los tiempos de la expansión y de la conquista, del desarrollo y el progreso de la civilización blanca, de la sociedad del fenómeno industrial, de los herederos de otro imperio, el inglés. El vasto territorio de Estados Unidos escondía insospechadas riquezas, fuentes de luminosidad para una nación en busca de su destino.

El general George Armstrong Custer estaba sentado en el interior de su tienda de campaña. Sus capitanes le mostraban el mapa del territorio. Serpenteantes ríos, oscuros despeñaderos, poderosas montañas, interminables planicies cubiertas de hierba, escarcha y neblina, de colosales rebaños de búfalos.

Afuera, el Séptimo de Caballería del ejército acampaba, seguro de su capacidad destructiva, de su habilidad para borrar enemigos de los cuadrantes terrestres. Nobles guerreros, adalides de la patria, descansaban después de duras jornadas y se curaban las heridas, mientras los altos oficiales discutían los pormenores de la próxima campaña.

Custer se pasea entre sus subordinados, se envanece de sus victorias, con altanería recuerda sus éxitos, sus exitosas estrategias, su grito de guerra y su espada manchada con la sangre del enemigo. Se ufana de haberse convertido en el general más joven de su generación, a los veintitrés años y ahora, a los treinta y siete, su ambición no le permite menos que aspirar a la Presidencia de los Estados Unidos.

Conocido por los indios como Cabellos Largos o Rizos de Oro había egresado con lauros y honores de la Academia Militar de West Point en 1861. Ese mismo año comenzaba la guerra civil. Ese mismo año, la historia le preparaba el terreno para que demostrara su valor, su inteligencia y… su soberbia.

Dos años de enfrentamientos sin tregua, de fatigas, de interminables periplos bajo el rigor del sol, azotados por la nieve y la lluvia, de derramamiento de sangre por toda la tierra estremecida por el ruido de los cañones y el zumbido de las balas, por el aullido de los soldados que agonizaban y por la risa de la muerte enseñoreada sobre la tierra oscura.

Custer era ya una leyenda, alguien que debía ser visto para asegurarse de que era un ser real. Vertió más sangre enemiga que cualquier otro soldado. Elaboró exitosas estrategias, destruyó fuertes, arrasó emplazamientos, quemó ciudades, masacró trincheras, sometió pueblos, quemó pastizales, arruinó cosechas.

Era un estratega genial. A algunos les recordaba a Aníbal Barca a otros Julio César, para otros era un genocida feroz y arrogante, un instrumento de la muerte, frío y despiadado.

Custer peleó en la legendaria batalla de Gettysburg. Allí enterró el asta de su pendón, rasgó la tierra con sus botas y blandió su cuchillo mientras el suelo era bañado con sangre y vísceras enemigas.

Al concluir la fratricida guerra, Custer fue enviado a castigar a los rebeldes e indomables Cheyenes y Arapahoes, incapaces de entender la supremacía del hombre blanco, ensoberbecidos por defender la tierra donde sus ancestros habían vivido y donde yacían para siempre sepultados. La tierra del búfalo, del trigo y del maíz, era ahora apetecida por el apetito de expansión de los “cara pálida”.

Llevaba 700 soldados. Le bastaron para masacrar a hombres, mujeres y niños mientras avanzaba. Entraba con la fuerza de un demonio de viento y fuego al territorio de las naciones indias, aterrorizadas por la impiedad del titánico guerrero de los cabellos de oro y la mirada de hielo.

El río Washita se torna rojo por la sangre derramada. Los muertos son tantos que amenazan con desbordar el cauce. El general sube a una pelada colina para otear el horizonte, para ver la desolación que ha ocasionado. Algo de escarcha caía y el frío calaba hasta los huesos. Puede distinguir los anillos de humo que ascienden desde la tierra quemada, donde los cuerpos comienzan a descomponerse. Este ha sido su estreno en la memoria colectiva de los aborígenes estadounidenses.

Casi diez años después, se descubre oro en las Montañas Negras de Dakota. Los mineros invaden ese lugar para desgarrar las entrañas del círculo de cerros en medio del cual habitan los Cheyenes y los Sioux, los más antiguos habitantes de aquellas zonas.

Estas dos tribus se ven amenazadas y organizan un gran ejército para defender su nación, su cultura, su historia y sus vidas. Armados con rifles de repetición, son comandados por un joven guerrero llamado Caballo Loco. Le han llamado así porque sus sueños han sido invadidos por salvajes equinos cuyos cascos despedazan la pradera.

Cabellos Largos creyó que podría someter a los salvajes con rápidos ataques y un intenso bombardeo de cañones. Intentaron un golpe contundente, pero fueron repelidos con fiereza y eficiencia. Enérgicos en la agresión, los Sioux hicieron huir a los soldados. Precipitadamente, la oscura mancha de los batallones escapaba con los estandartes rotos y los heridos desmoronándose sobre la planicie.

Los indios eran expertos tiradores, además de consumados jinetes. Acribillaron a los soldados. Entonces, Custer incapaz de concebir la derrota y mucho menos la huída, arenga a sus tropas. Habla del furor del combate, del honor, de la dignidad y el orgullo, de la muerte, de la sangre y del dolor, del imperio del hombre blanco, de su epopeya, de su conquista de aquellos territorios donde los salvajes pastan como parásitos adoradores de ídolos y del sol y la lluvia.

En un campo abierto a varios kilómetros, Caballo Loco establece su estrategia. Atacarían a los soldados formando círculos concéntricos. La fuerza de su avance los constreñiría hacia un punto del cual no podría salir ni cambiar de dirección, oprimidos por sus propias fuerzas.

Era la filosofía del regreso a las fuentes de la existencia donde también asomaba su torva faz la fantasmagoría de la nada, del retorno a los páramos de la soledad, del silencio y de la oscuridad. Mientras ellos empujaban a los soldados al punto medular de su circunferencia, los hombres blancos intentarían con la centrífuga fuerza empujar hacia los abismos a los valientes guerreros cubiertos con penachos y cruzado el pecho con cintas cargadas de balas

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

Desvanecimiento de la realidad

Jugaba tenis todos los sábados en la mañana. Aquel día la brisa era fresca. Los colores del día eran alegres y definidos. El sol radiante derramaba una luz ambarina sobre la copa de los árboles. Sentía energía en mi sangre y fuerza en mis músculos. El corazón latía con solvencia a la mitad del camino de la vida.  

Esperaba a un amigo, un viejo contrincante de faenas memorables. Saqué el automóvil mis aparejos. Sobre la banca coloqué el equipo, las raquetas, las pelotas, la cinta de la frente. Desde las nubes descendía una lírica acometida de espadines de agua. Otros jugadores se instalaban en sus respectivas explanadas, mientras comprobaban el estiramiento de la red y la cancha recibía su aprobación.

El volumen de sus voces iba en aumento a medida que el juego ganaba efervescencia e incrementaba su intensidad. Como mi competidor aún no llegaba, deslicé mis pensamientos hacia otro segmento de la realidad. No podía evitar pensar en el trabajo de la oficina. Rápidamente hice algunos cálculos, determiné algunas situaciones que estarían en agenda al iniciar la semana. 

Estuve entretenido con la idea de un ordenador encendido, con el trasiego de documentos, con la confección de gráficas y cálculos porcentuales. Estas imágenes absorben el tiempo como el vórtice de un remolino. El edificio, los cristales oscuros de las ventanas, los estacionamientos, las calles congestionadas, los vendedores ambulantes, los estudiantes en las paradas de autobuses aparecen también recortados contra un fondo blanco sin dimensión.

Fue entonces cuando vi aquella figura cruzar de pronto el campo. Rápido su recorrido, pronto desapareció detrás de unos árboles frondosos que daban una dulce sombra. Poco antes de desvanecerse en una inesperada racha de luz, sentí una especie de desolación, de mareos, algo parecido al brusco descenso de la glucosa. Pero antes de esto, distorsionó algunas líneas del paisaje, desfragmentó un borde de la acera, deshabilitó la contundencia del pavimento, hizo padecer de traslucidez a una alta muralla. 

En un instante, el silencio se apoderó de todo. La percepción auditiva llegaba como cuando uno pone algodón en sus oídos, grave, ronca, susurrante. También el movimiento de las cosas comenzó a volverse cada vez más lento hasta casi detenerse. La ciudad era absorbida por el mutismo, por la ausencia. La oscura silueta había desaparecido y yo quedaba ahí, lánguido y casi absorbido por una tromba. 

Sobre el pavimento apareció una grieta. Era pequeña e irregular, como suelen serlo las grietas. No era ni profunda ni ancha, tan solo se formó así, de pronto, sin causas ni consecuencias. ¿Pueden darse situaciones de esta naturaleza? Quise aproximarme invadido por la curiosidad para hurgar en su concavidad, pero doblegado por lentísimos movimientos, viscosos y pesados, sentí incrementarse la distancia, ampliar el espacio, desbocar la longitud. 

Mi mano izquierda había quedado en cierta posición que me permitió observar el reloj a ella ceñido. Eran las 9 y 35 de la mañana. Una hora sin inclinación ni movimiento, tétrica y anclada en la eternidad. Sentí un vahído que ascendía desde mis entrañas, una sensación de celeridad que me arrastraba consigo. 

Entonces volvieron los sonidos y los movimientos. Las voces de los jugadores que se despedían y comentaban el partido, las bocinas de los automóviles, el rumor del viento del norte, la algarabía de las nubes impulsadas por esa misma corriente, la crepitación de la gravilla bajo mis pisadas. 

Volví a ver el movimiento obsesivo de las hormigas que ascendían por la rugosa piel de los árboles, el destello naranja del sol sobre las piedrecillas, el color de los uniformes de los empleados del complejo deportivo, las imposibles posiciones de los tenistas al devolver una pelota, la raqueta que giraba entre los dedos de una mano con un poderoso anillo de oro en el dedo anular de una mano que no se distinguía.

Regresó la normalidad, el color, el movimiento, los grupos, las formas restablecieron su imperio y me deshice de mi intención original de jugar al tenis en compañía de mi amigo. Curiosa manera de perder el tiempo y la disposición. Subí a mi coche y conduje por el sendero que conducía a la carretera principal y a la ciudad.  

En un semáforo me detuve junto a otro vehículo. Intenté ver el rostro de quien lo guiaba, pero tan solo podía definirse el perfil duro, como cincelado sobre granito, de un hombre. Alguna semejanza me pareció tener conmigo, pero pronto la descarté. Le observé durante algunos segundos y cuando ya estaba a punto de cambiar la señal,  dirigió hacia mí su mirada de objeto inanimado. “Perdón, no podré jugar hoy”.  

Las palabras sonaron como si hubiesen sido pronunciadas en un idioma desconocido. Pero no sé si las dije yo o el otro. Reverberaba y repercutía como una letanía. Los acentos eran imperceptibles, las declinaciones y las cadencias eran neutras, sin expresión, sin fuerza, parecían no tener sustancia. Su significado, en ese momento, dejó de tener sentido. Parecían vocablos desnudos, como mujeres en una bañera. No tenían representación precisa y el aleteo de su fonación en mis oídos carecía de intención.  

En medio del ruido de la calle, entre el humo y la cogestión vehicular, perdí de vista el auto. Tal vez fuese aquel diminuto punto oscuro que giraba a la izquierda unos cincuenta metros más adelante; o acaso era más la distancia.  No me invadió la curiosidad, no me sometía el deseo de indagar, de inquirir, tan solo arriesgaba la idea de descubrir a aquella figura sin mayor tropiezo que la posible próxima casualidad de encontrarlo más adelante en el camino.  

Al llegar a casa me dejé caer en un sillón. Era un pesado fardo, un entarimado de tablas húmedas que se desmoronaba en un torrencial aguacero sobre la turbia corriente del agua en la calle. Recordé, aproximadamente, por unos diez segundos, la infructuosa faena del tenis, la confluencia de estímulos sensoriales demasiado espesos para ser diferenciados, el silencio, la inmovilidad, la torpeza visual. 

Me dormí al poco tiempo mientras escuchaba el muy tenue rumor del televisor al encenderse, una especie de eclosión electrónica tras la pantalla. Yo era una especie de líquido derramado, una sustancia derretida.  

El sueño es una desconexión, una falla en la regularidad de las fases de contacto entre el ser y la realidad. La realidad es creada por el pensamiento o el pensamiento sigue detrás de los fenómenos. El sueño se expande sobre y entre los marasmos del día que comienza a declinar con su lastre de tiempo hecho jirones.

La casa estaba en el más absoluto de los silencios. Las cortinas se notaban algo decoloradas y colgaban sobre el ventanal, cubierto parcialmente de polvo. Las paredes mostraban manchas de humedad que descendían hasta el piso. Dentro de un búcaro, sobre la mesa del comedor, los restos de unas flores amenazaban con desmenuzarse. Pude ver la insinuación de unas pisadas, tal vez mi perro, reacio al encuentro en las horas de su almuerzo. Una taza reposaba también sobre la mesa, un tanto alejada del florero, con algunas excrecencias aflorando sobre su borde.  

Esta es mi vida, pensé. Taciturna y cauta. Mi vida es un giro constante, tan solo eso. Nada de avanzar, nada de luz ni de tinieblas, tan solo manchones grises, borrones desperdigados sobre una tela agujereada. Tengo miedo y no sé por qué, me dije de repente. Sin voz, sin declives, sin temor. ¿Cómo tener miedo sin temer? Es un estado de soñolencia, de malevolencia de la materia en su afán de fundirse con el vacío. 

Poco a poco fui dejando de sentir cosas. Los estímulos, sin tentaciones ni incitaciones, se habían convertido en vapor, en vaho, fluido traslúcido. Todo parecía tranquilo. De mis manos parecía brotar espuma. Sentía en la boca un sabor a tierra o tal a cobre corroído. No sé por qué me hubiera gustado en ese momento, ver el rostro de mi padre, hace tanto muerto, olvidado en su cósmico periplo hacia el vacío. Por la época en que imaginé su rostro, yo era pequeño. Él me enseñaba los nombres de las cosas, que ahora comienzo a olvidar. Me mostraba las montañas y los ríos y ahora no los recuerdo. 

Pensé también en mi madre. De ella aprendí a llorar, a sentirme solo, a sumergirme en las letras y en las relaciones históricas para soportar la contemplación de mi faz en el espejo. Una vez encendí un cerillo en la cama y mi madre estalló en lágrimas mientras la sábana se incendiaba. Descubrí que yo era parte de ella, esencial, única, cercana. 

Después se abalanzó la noche. Débiles parpadeos del día apagaban las luces. Comenzaban a colgarse los lirios de las sombras sobre mí. Apenas pude ver mi gorra sobre la mesita de la sala. De ella emanaba toda la luz de los restos del día.

Publicado en Ficción | Deja un comentario